Un lugar en un determinado momento: Ma / Santiago Fabián Betancort

I

 

Cuando en los años setenta Juan Gopar comienza la deriva por el mar de la pintura, ésta lo devuelve al lugar del origen, más allá de todo lenguaje, de todo ser; al lugar de la partida. Después de un tiempo fuera de la isla de Lanzarote, regresa en 1984 y la convierte en un espacio de análisis, de reflexión, en materia primordial de su trabajo. Una mirada hacia el pasado facilita la comprensión de este proceso y sitúa al pintor en el seno de una familia de marinos cuyo territorio es la orilla del mar. La casa de la infancia, en un barrio de pescadores de la ciudad de Arrecife (Lanzarote), constituye el centro del mundo. De ella parten los hombres hacia lugares lejanos y de esas tierras traen, a su vuelta, objetos que van llenando las habitaciones de narraciones que incendian la imaginación de un niño que así empieza a conocer la vida y que, con el tiempo, se convertirán en objeto de su pintura. No en vano, pintar y navegar tiene algo en común. Aprende de los navegantes a conocer las infinitas formas que el mar adopta. Aprende que el mar es ajeno a la rutina y que mar y pintura nunca son predecibles. La relación de la familia con la casa y la orilla es para Gopar un modelo espacial del mundo, el lugar de acontecimiento, el lugar del lugar, el lugar donde debe construirse el tiempo.

 

II

 

La palabra japonesa ma es un concepto que relaciona el espacio y el tiempo y su ideograma se compone del signo de la luna bajo el signo de la puerta en el momento en que la luz del astro penetra a través de una grieta de la puerta.

Semánticamente ma significa “un lugar en un determinado momento”. Es, en relación al espacio, “la distancia natural entre dos o más cosas que se encuentran en continuidad, o el espacio delimitado por pilares y pantallas (la habitación)”. Y en relación al tiempo,  “la pausa natural o intervalo entre dos o más fenómenos que discurren en continuidad” (Iwanami Dictionary of Ancient Terms.)

 

III

 

En los diferentes trabajos que Juan Gopar saca a la luz, como Restos de un naufragio, Estancia, Estancia insular, Vasos comunicantes o (en nuestro lugar…) amanece, el contenido de ma va a ver su materialización de una forma progresiva, incluso en los breves textos que con frecuencia acompañan sus proyectos. En Restos de un naufragio (Lanzarote, 1989), podemos leer:

 

¿Qué oscura oquedad lo arrastra todo hasta esta orilla!

Como una danza fragmentada

estos huesos son testigos.

 

Y es que esa vuelta a Lanzarote, a la arquitectura primigenia, al lugar del acontecimiento, produce gran inquietud en el artista. Se diría que aquel sitio donde había vivido, el territorio del relato, de las historias de viajes, tormentas y recaladas que creía conocer eran, contrariamente a lo que pensaba, un lugar desconocido que generaba dudas y preguntas. Un lugar que ya no era referencia de otro, sino que era en sí mismo, con nuevos límites, nuevas orillas que explorar y caminar como una forma de meditación que aportaba mayor comprensión al fluir de la vida.

 

La casa, el mismo zaguán con los dos dormitorios grandes a ambos lados, las mismas ventanas por donde entraban la iglesia y el mar en verano, el reflejo de los barcos sobre el agua, el mismo patio con la losa de cemento, el muro blanco, las toscas paredes de cal donde los niños jugaban a reconocer rostros, barcos y animales en los desconchados  muros, el mismo aljibe agrietado.

 

La presencia del mar hace de aquella casa un espacio único, la luz, las sombras de las celosías deslizándose sobre las paredes del patio, el vuelo de las sábanas tendidas en el traspatio. Sin embargo, esa isla extraña, inexpresable, comienza a mostrarse en el momento en el que el decir es imposible, en el momento de la negación. En 1992, con motivo de la exposición Vasos comunicantes en la Galería Artizar, aparece La razón del barquero:

 

El vacío de las olas

En esa ola

 

Atrás quedaron las transparentes voces, elogio de las sombras,

desde donde la carne vierte la sangre azul de este océano.

Las olas transmiten los latidos de un corazón.

 

*

La huella

 

Arde la llama de la infancia diosa encendida iluminando la pupila. Nos trae desde lejos el mensaje de la luz. Luz y sombre, luz y sombra, no repite la memoria como una moneda zigzagueante que se hunde en el ocaso.

 

*

 

Silencio

Todo es silencio

 

Si ha de suceder, sin duda será en otoño. La línea del horizonte nunca está tan cerca como en octubre. Tiene la sensación de que del otro lado surgirá a contraluz la gigantesca cabeza de cíclope cuyo ojo mirará a ras del mar y verá, en la perfilada transparencia, tus ojos que ven.

 

El concepto de ma aparece aquí por primera vez señalando el borde impreciso de lo visible, explorando los límites para sentirse próximo a una frontera viva que ahora es el molde de la nada:

 

Para abolir las fronteras es necesario aproximarse tanto hasta ella que lleguemos a sentir que formamos parte de su misma sustancia.

 

A partir de ese momento se inicia un itinerario en el que cada paso es una nueva huella en la orilla, ausencia que muestra, a la vez, tanto el fluir permanente de lo que acontece como la deriva interior de las sensaciones y los sentimientos. Y mientras recorrer las orillas pasa a formar parte del proceso de construcción del mundo, su trabajo comienza a transitar los márgenes de diferentes disciplinas: la arquitectura expandiendo su campo hacia la pintura, la escultura donde predomina la esencia del dibujo o la fotografía como documento de una realidad huidiza, inasible, de modo que en el intercambio de comunicación los significados adquieren un nuevo resplandor y ya nada reconocible quede de ellas, solo un islote en torno al cual gire un archipiélago de fragmentos innombrables que se precipitan hacia la transparencia de su propio vacío.

 

En Estancia insular la fotografía señala huecos, vacíos, construcciones anónimas, analogías que son ventanas a la unidad de percepción de un mundo común, compartido, y que nos predispone para acceder al ma, al lugar en el preciso momento, lugar del enigma, espacio indefinible, justo acorde musical, intervalo que es sustancia líquida en movimiento.

 

Volver a pintar sobre algunos cuadros ya pintados, añadiéndoles objetos y formas es la vía para diluirlos entre las diferentes voces, haciendo coincidir los tiempos en un solo tiempo habitado en el que siempre es ahora para siempre.

 

IV

 

Poner en orden todo el material acumulado en los últimos veinte años supone una vasta tarea de identificación. Acuden al encuentro los fragmentos esparcidos en el taller como restos de un naufragio entre los que el pintor camina atando cabos, redes, trozos de madera con restos de pintura, boyas, material que el mar arroja y que al ser recogidos reclaman la unidad de un universo policéntrico donde cada objeto es a la vez centro y periferia. Aparecen en los nuevos trabajos fragmentos de otros anteriores como una arquitectura que nos habla de la inanidad del tiempo, esas fracciones con las que reconstruir la nueva obra que vuelve a hacerse viaje en un perpetuo naufragio renovado.

 

V

 

En su último viaje en el Guadalhorce, Santiago fue sorprendido por un ciclón entre las Bermudas, el cabo de Hattaras y Charleston; aquella experiencia le acompañó el resto de su vida, y toda su familia, en alguna ocasión, sintió el azote de su carácter diabólico. Santiago no volvió a cruzar el Atlántico en ningún otro barco. Se refugió en su casa de El Charco con la intención de fundar un nuevo mundo, y fue allí donde pasó la mitad de su otra vida. “El Guadalhorce, en el siguiente viaje, se perdió con toda su tripulación en el mar Caribe durante un furioso huracán y entre un réquiem de olas rugientes, albatros enloquecidos y gaviotas perdidas en el viento” (1). Algunas noches compartí su insomnio. Solía sentarse en un tronco de árbol que rescató del mar, delante del zaguán de la casa, donde oficiaba, con un sentido casi litúrgico, el ritual de la nada. Encendía la pipa pausadamente, acariciaba a su perra Chispa y señalaba con la boquilla la torre de la iglesia; entonces tomaba la palabra: “Ahora la torre ya no está”. Daba una calada a la pipa y volvía a señalar: “Ahora las casas de La Puntilla ya no están”. Los barcos, los puentes, el vuelo de las garzas, las rocas, todo se ausentaba, su misma casa era un espacio evanescente cuando él la nombraba.

 

Ventanas a la percepción que iba abriendo a la noche de par en par, ausencias con las que iba construyendo la unidad.

 

Después se quedaba mirando fijamente la superficie del Charco de San Ginés. Había en aquella mirada una sensación de suspensión anonadada, como si no hubiera nada entre él y el móvil reflejo de la torre de la iglesia deshaciéndose en incontables fragmentos, buscando con la mirada el momento exacto en que se unieran en un instante único de calma y total atención, esperando sentir la presencia del mar rodeándole para dar la orden, para disolverse en su propia mirada como si nunca hubiera existido; entonces se oía en el desierto de la noche: “Y ahora la isla ya no está.”

 

(1) La mar y sus frases célebres, Robert, Juan B.

 

[Lanzarote, Horizon’s House, 2003]